El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.
Dios Padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño.
Meciendo, Gabriela Mistral (Aproximaciones pp. 211)
Para mí el significado de ésta poema es muy sencillo, para el mundo tal vez no somos nada, pero para uno podemos ser el mundo. Así lo veo porque Mistral habla de muchas cosas grandes; las olas del mar, el viento y el trigo, y Dios y sus miles de mundos. Son cosas más grandes que nosotros y que aún no comprendemos.
¿Qué podría hacer una persona para parar el viento, o el mar?
¿O para cambiar al mundo?
A veces nos parecemos tan pequeños en un mundo tan grande, como no hay nada que podemos hacer. Aún así la autora repite las palabras, mezo a mi niño, para ese niño ella es el mundo. Él no sabe de los mares, el viento, ni comprende Dios, pero lo que sabe es que mientras su mama le tenga, todo está bien.
Miramos pues a nuestras vidas como Dios las ve. Como nos enseña Jethro.
Él nos ha dado la responsabilidad de tener familias y criar hijos rectos. Pienso en mi padre y mi madre, en el ejemplo que ellos han sido para mí. Ellos no han sido grandes autores, ni políticos, ni jefes de una empresa, pero han sido mis padres. Me han dado el mundo, o por lo menos para mí es así. Me enseñaron desde pequeño como seguir a Jesucristo, como amar a las personas, como leer las escrituras, y como vivir mi vida para que Dios se complazca de mí. Para mí, ellos pueden cambiar el mundo y lo hacen.
Nosotros tenemos la oportunidad de ser como la autora, a pesar de toda la grandeza que hay, podemos mecer a nuestros niños. Podemos ser la diferencia para ellos.
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